viernes, 26 de febrero de 2016

Valores al servicio, valores a la venta.

Ésta es mi primera entrada en un blog. He comenzado esto con el humilde fin de completar la tarea que mi profesor de didáctica educativa nos ha propuesto a mí y a mis compañeros en la Universidad de Málaga. Tengo que decir que ya antes había pensado sobre hacer un blog educativo pero por (pereza) falta de tiempo nunca me he animado a hacerlo. Ésta parece la ocasión perfecta.

El tema del que voy a hablar el día de hoy ha estado rondando mi cabeza desde que empezamos el cuatrimestre, pero creo que ahora las ideas están más tranquilas y pacíficas para hablar objetivamente del asunto. Quiero hablar de la coherencia. Con coherencia me refiero a la que va del pensamiento a la acción, y a la que va desde la teoría a la práctica (educativa). La que debe transformarnos, para poder transformar a otros.
Creo que falta verdad en lo que nos rodea. No es nada fácil ser fiel a uno mismo, pues las circunstancias ya sea en la universidad (en la propia clase…) o en la vida laboral, la forma en que funcionan las cosas, el día a día, nos arrastra al lado de lo conveniente, lo fácil, lo que todo el mundo hace. En unas oposiciones, o cuando echas un curriculum, se miden una serie de logros que se podrían calificar de arbitrarios o a la moda que nada tienen que ver con el fondo o con la verdad de las personas. 

La enseñanza educativa, quizás atendiendo a la falta de valores de hoy día, en estos últimos años apuesta fuerte por una educación holística que trabaja las emociones y está más concienciada en valores. Pero no creo que la universidad, aunque se ven buenas las intenciones de los profesores, estén calando estas ideas en los alumnos.
Hace pocos días salía en algunos medios una frase de César Bona: 

«Mucho más importante la actitud que la vocación».

Sin ser una frase que no se haya dicho ya antes muchas veces, es lo mismo que me dijo mi tío, también profesor de primaria aquí en Málaga. Me habló, un poco como el que cuenta de cerca un pequeño secreto o truco, que lo más importante al final no eran las notas que sacaban sus compañeros en la universidad --y que luego resultaban, en algunos casos, en profesores desinteresados con los alumnos--, y que otros, con notas menos brillantes, eran más comprometidos para con sus estudiantes. Lo que tanto mi tío como César Bona querían decir, es que no hay una correlación entre las notas sacadas en la universidad y lo buenos que serán esos docentes con niños.

La pregunta que aquí surge, la que tiene que hacernos reconcomernos por dentro sobre el verdadero cambio en educación es ¿cómo vamos a cambiar a otros si no nos cambiamos primero (y de verdad) a nosotros mismos? ¿Cómo nos ponemos a disposición de unos niños si no somos coherentes? Creo, desde lo más profundo, que si no conseguimos este cambio en estos próximos cuatro años, nos va a ser imposible ofrecer el modelo perseguido para que otros se construyan a sí mismos.

1 comentario:

  1. Interesante reflexión, Elena. Me parece que eres muy joven para ser tan escéptica. Espero que sea pasajer. Tienes una vida por delante que te pueda dar muchas alegrías y basta con que tengas eso, la actitud de la que hablas, para que las obtengas y las disfrutes.
    Tienes cuatro años para formarte. Aprovéchalos.

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