Ésta es mi primera entrada en un blog.
He comenzado esto con el humilde fin de completar la tarea que mi profesor de
didáctica educativa nos ha propuesto a mí y a mis compañeros en la Universidad
de Málaga. Tengo que decir que ya antes había pensado sobre hacer un blog educativo
pero por (pereza) falta de tiempo nunca me he animado a hacerlo. Ésta
parece la ocasión perfecta.
El tema del que voy a hablar el
día de hoy ha estado rondando mi cabeza desde que empezamos el cuatrimestre,
pero creo que ahora las ideas están más tranquilas y pacíficas para hablar
objetivamente del asunto. Quiero hablar de la coherencia. Con coherencia me refiero a la que va del pensamiento a
la acción, y a la que va desde la teoría a la práctica (educativa). La que debe
transformarnos, para poder transformar a otros.
Creo que falta verdad en lo que
nos rodea. No es nada fácil ser fiel a uno mismo, pues las circunstancias ya
sea en la universidad (en la propia clase…) o en la vida laboral, la forma en
que funcionan las cosas, el día a día, nos arrastra al lado de lo conveniente, lo
fácil, lo que todo el mundo hace. En unas oposiciones, o cuando echas un
curriculum, se miden una serie de logros
que se podrían calificar de arbitrarios o a la moda que nada tienen que ver con
el fondo o con la verdad de las personas.
La enseñanza educativa, quizás
atendiendo a la falta de valores de hoy día, en estos últimos años apuesta
fuerte por una educación holística que trabaja las emociones y está más concienciada
en valores. Pero no creo que la universidad, aunque se ven buenas las
intenciones de los profesores, estén calando estas ideas en los alumnos.
Hace pocos días salía en algunos
medios una frase de César Bona:
«Mucho
más importante la actitud que la vocación».
Sin ser una frase que no se haya
dicho ya antes muchas veces, es lo mismo que me dijo mi tío, también profesor de
primaria aquí en Málaga. Me habló, un poco como el que cuenta de cerca un pequeño
secreto o truco, que lo más importante al final no eran las notas que sacaban
sus compañeros en la universidad --y que luego resultaban, en algunos casos, en
profesores desinteresados con los alumnos--, y que otros, con notas menos
brillantes, eran más comprometidos para con sus estudiantes. Lo que tanto mi
tío como César Bona querían decir, es que no hay una correlación entre las
notas sacadas en la universidad y lo buenos que serán esos docentes con niños.
La pregunta que aquí surge, la
que tiene que hacernos reconcomernos por dentro sobre el verdadero cambio en
educación es ¿cómo vamos a cambiar a otros si no nos cambiamos primero (y de
verdad) a nosotros mismos? ¿Cómo nos ponemos a disposición de unos niños si no
somos coherentes? Creo, desde lo más profundo, que si no conseguimos este
cambio en estos próximos cuatro años, nos va a ser imposible ofrecer el modelo perseguido
para que otros se construyan a sí mismos.